Saharauis, los ojos del desierto

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7.6.15

Colombia-Venezuela: Música negra

¿QUÉ CANTAMOS EN 'DUERME, NEGRITO'?


Por Javier Sáenz Munilla (*)


"Dame tu cumbia,  dame tu porro,   dame tu merecumbé"
          


El gran Guillermo Portabales dedicó su “Cumbiamba”, un sabroso son montuno, a Colombia, para pedirle prestados tres de sus mejores ritmos. Porque Colombia, también Venezuela pero especialmente Colombia, tiene una riqueza musical impresionante, una variedad de ritmos que, como en toda Latinoamérica y el Caribe, son la suma de las tres herencias que han confluido para hacerlos posible. Y que, como es fácil adivinar, son las raíces amerindia, ibérica y africana. Y así como, sin su africanidad, no es posible comprender a la América Latina, sin el componente africano nada sería como es en la música latina. Ni siquiera el pétreo universo andino y sus músicas han podido desarrollarse sin la influencia africana. Y es que en Latinoamérica, todo es mezcla, todo es mestizaje. Por fortuna la cumbia es cumbia por las tres raíces, entre ellas la africana. Y qué decir del merecumbé, por seguir con el reclamo del maestro Portabales. Sólo su nombre, este ritmo ya nos traslada al continente negro. Pero si en toda la música colombiana es inevitable toparse, plenamente o de soslayo, con la raíz de la negritud (la cumbia, el porro, el pasillo, el bambuco, el bullerengue, etc) es en los ritmos de dos regiones colombianas, la Costa (Caribe) y el Atlántico donde los ecos de África estallan a plenitud.

El Chocó, en el Pacífico, es el África negra trasladada –a la fuerza, claro- al Nuevo Mundo. Y sus ritmos (el bunde chocoano, el currulao en todo el litoral pacífico,etc) son plenamente africanos, sin más.

En la Costa (Caribe), los ritmos son más mulatos que negros puros, porque allí, en torno a la puerta de entrada, el puerto de Cartagena de Indias, la negritud, primero esclava y siempre sometida, se mezcló con lo indio y con lo español. Claro que, con lo hispano llegó también a América no sólo el romancero cristiano, sino el judeo español, suficientemente tintado ya de ritmos y métricas árabes, como la muwasaha, además de la importante presencia de lo morisco, con su correspondiente componente norteafricano no sólo árabe sino además bereber. ¡Un auténtico y suculento brebaje!

Parte de eso llegó en los barcos negreros, llenos de dolor y miseria, pero también de ritmos, lenguas y cultura africana, que arribaban a Cartagena desde el África Occidental. Y hoy es precisamente una mujer de un lugar muy próximo a Cartagena, la también bella y colonial Mompós, sobre el río Magdalena, la que ha logrado popularizar en todo el mundo esas músicas que ha recuperado y que nos ofrece, quizá de una forma más digerible y espectacular. Es Totó la Momposina, la voz de la música popular de raíces africanas del Caribe colombiano. Su voz y los tambores, y las gaitas que le acompañan, junto al ritmo endiablado de los danzantes que, como en el telúrico baile del mapalé, asombran a quienes no imaginan que África está tan enraizada en la cultura de Colombia.

Duerme negrito, una canción de cuna

 

Y toda esta perorata, a lo mejor necesaria, a cuento de que nuestro Coro de la APM (*), ensaya y se dispone a presentar y ejecutar (dulcemente) la preciosa nana “Duerme, negrito”.

Fue el cantautor y folclorista argentino Atahualpa Yupanki, quien descubrió, adaptó e interpretó originalmente esta canción. Y se la escuchó (como él mismo explica en el vídeo que incluyo) a una mujer negra en la zona fronteriza entre Venezuela y Colombia.


La canción narra, como se sabe, la vida y los pesares de una mujer, esclava o semiesclava, obligada a trabajar en el campo, incluso enferma, por un mísero sustento para ella y su hijo, el negrito chiquitito.

Aunque no conocemos la época en la que nació esta canción, sí podemos recordar las condiciones en las que trabajaban los peones agrícolas en la zona, por hechos históricos como los que narra Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad”, cuando se refiere a la Masacre de las Bananeras, de 1928. Miles de braceros –hombres, mujeres y niños-, asesinados por el ejército por intentar hacerle una huelga a la norteamericana United Fruits, dueña y señora de la Costa. Claro que hoy, esa misma empresa, rebautizada Chiquita Brands, sigue en Colombia y por lo que se ve continúa aferrada a sus viejas costumbres y los tribunales norteamericanos –no los de Colombia- a instancia de las víctimas –estas sí, colombianas- la han condenado recientemente por financiar grupos paramilitares que asesinaron sindicalistas –Colombia posee el triste récord mundial de sindicalistas masacrados- en las regiones de Colombia donde tiene explotaciones agrarias.

Si no hubiese sido por Carlos I de España y V de Alemania…

 Y así es. Porque fue Carlos V,
para abreviar, quien autorizó y concedió a los holandeses el transporte de africanos a América, beneficio que logró años más tarde Inglaterra. Un negocio redondo que daba para que la Compañía de Guinea, pagara la mitad de sus ganancias, a partes iguales, a Luis XIV de Francia, el Rey Sol y al Rey de España. En 1562, el capitán John Hawkins logró 300 negros de contrabando de la Guinea portuguesa, lo que al saberlo, causó un tremendo y humanitario enfado a la reina Isabel. Pero Hawkins logró convencerla al ponerla al tanto de que en el Caribe, había obtenido a cambio un buen cargamento de azúcar y pieles, perlas y jengibre. La reina perdonó al pirata y pasó a convertir a la Corona Británica en socia del inhumano negocio.


Todo esto lo cuenta Eduardo Galeano en su libro “Las venas abiertas de América Latina”, en el que concluye que el tráfico y comercio de esclavos contribuyó, de forma notable, al enriquecimiento de Europa: “El azúcar del trópico latinoamericano aportó un gran impulso a la acumulación de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados Unidos, al mismo tiempo que mutiló la economía del nordeste de Brasil y de las islas del Caribe y selló la ruina histórica de África. El comercio triangular entre Europa, África y América tuvo por viga maestra el tráfico de esclavos con destino a las plantaciones de azúcar”.
Quedan aún muchas huellas del esclavismo y la explotación de las comunidades africanas en América Latina; la principal, su ancestral atraso económico y discriminación social. Muy a la vista, por ejemplo, en un simple paseo, no ya en un barrio marginal, sino en el mismo centro histórico de Cartagena de Indias, no lejos de las haciendas donde las mamitas negras cantaban a sus negritos el “due’me, due’me”

En la bella y turística Cartagena, a pocos metros del Palacio-Museo de la Inquisición, con sus aparatos de tortura allí expuestos, pueden visitarse también las mazmorras, llenas de cadenas y grilletes herrumbrosos, al pie de la muralla. Allí almacenaban los negreros su valiosa mercancía humana, recién llegada del África, tras una travesía en la que solía perderse o dañarse seriamente por enfermedades, intoxicaciones o accidentes, una buena parte de ella. Pérdida que, rápidamente, se recuperaba (subía el precio al reducirse la oferta de ejemplares válidos) en la venta-subasta que se celebraba en la plaza pública.

Un panorama de horror, que dio lugar, sin duda, al triste lamento de los esclavos, tan patética y bellamente reflejado en muchos de sus cantos. En ellos se incluye, producto de una situación algo distinta, pero igualmente lamentable, y nacida siglos después, nuestra nana.

Y a Yupanqui le siguieron otros



Atahualpa Yupanqui descubrió el ‘Duerme, negrito’ y otros la siguieron versionando y cantando, hasta hacerla tan conocida. Entre las más memorables, están Mercedes Sosa, Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti o Víctor Jara. Versiones que conservan la bella ternura de una composición que logra trasladarnos a la hacienda donde transcurría la pesada vida de esa pobre mujer y de su criatura; nos transporta al sufrimiento de sus hermanos afroamericanos, nos transmite la violencia, la crueldad, la explotación, la maldad del diablo blanco y, ¡zas! Nos hace padecer por el negrito y por su mamá. Y nos emociona. La música, la buena música, tiene estas cosas. Y desde el Coro de la APM, ensayo que te ensayo, estudia que te estudia, tenemos la obligación, el interés y el gusto de intentar transmitir todo ello, cuando ofrezcamos, dulcemente, al público nuestro “Duerme, negrito”. Así sea.
(*)Javier Sáenz Munilla, autor de este blog, es tenor en el Coro de la Asociación de la Prensa de Madrid

(Fuentes: Este artículo se publicó, originalmente, en http://www.corodelaapm.es )

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