Saharauis, los ojos del desierto

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28.7.08

Argentina: Tras la crisis agraria

ARGENTINA AHORA:
LA SIEMBRA DE VIENTOS Y LOS HURACANES


Por Guillermo Almeyra (*)

La siembra de vientos

Vale la pena repasar la crónica de los acontecimientos. El año pasado el entonces presidente argentino Néstor Kirchner creyó hacer una hábil maniobra y "puentear" a su conflictivo partido peronista, cooptando dirigentes de la Unión Cívica Radical y del Partido Socialista, que le sirvieron para reforzar la mayoría electoral que eligió presidenta a su esposa y para controlar algunas provincias. Como estaba seguro de tener mayoría en ambas cámaras del Congreso y no le atribuía ningún papel a éste –la asignación y distribución de fondos públicos había sido delegada al Ejecutivo y éste gobernaba emitiendo decretos–, Kirchner ni pensó en que el Congreso podría ser obligado a dirimir una cuestión política importante. Ya en el gobierno su esposa Cristina Fernández, Kirchner intentó controlar a su partido y dejó a su suerte a esos "transversales" K socialistas o radicales expulsados, como el vicepresidente Cobos. Pero para disputarle el Partido Justicialista se coaligaron todas las derechas peronistas. La cosa no era muy grave, aunque el ex presidente Duhalde se apoya en un tejido mafioso (policía, droga, clientelismo político) en la provincia de Buenos Aires, el gobernador de San Luis tiene una fuerte base clientelar al igual que el de Córdoba y los ex gobernadores menemistas mantienen sus aparatos policiales.

El antiperonismo visceral de radicales, socialistas y conservadores de todo tipo que integraban la oposición impedía la unión entre ambos sectores, y Kirchner creyó poder contrabalancear al grueso de la derecha de su partido con otra parte de esa derecha, o sea, con dirigentes sindicales burocráticos y corrompidos de la Confederación General del Trabajo, cooptando a parte de los líderes de la Central de Trabajadores Argentinos y de los grupos piqueteros. Mientras, para aumentar las exportaciones fomentó el cultivo de soya, que se cuadruplicó durante su mandato, y dio toda clase de apoyos y facilidades a los grandes exportadores de granos y al capital financiero. Trató también de mantener caro el dólar para favorecer las exportaciones argentinas y, con fondos estatales, subsidió transportes, combustibles, servicios públicos y hasta grandes supermercados para mantener bajos los precios. Su política económica buscaba utilizar los ingresos provenientes de las exportaciones y de los impuestos para subsidiar y desarrollar la industria e impedir la subida de los salarios reales con el propósito de aumentar las ganancias de los industriales, confiando en que las tasas chinas de crecimiento económico permitirían seguir reduciendo la desocupación (cercana a 10 por ciento) y ampliar el mercado interno.



Pero su esposa asumió el poder cuando comenzaba el periodo de las vacas flacas –caída del dólar a escala mundial, grave situación económica en Estados Unidos, aumento enorme del precio de combustibles y, por ende, de fertilizantes y plaguicidas, inflación importada–, que hace cada vez más difícil mantener esa política. Para obtener más ingresos, Cristina Fernández pensó en un gravamen a las ganancias extraordinarias de los exportadores de soya que, de paso, redujese la tendencia a abandonar los cultivos alimentarios y la ganadería, con el consiguiente aumento de los precios al consumo. La medida era necesaria y justa, pues el Estado tiene derecho y obligación de impedir que los precios del mercado internacional determinen los precios internos al consumo y de evitar que se extienda el monocultivo de una forrajera que daña los suelos y en su avance elimina alimentos, vacas, campesinos, pueblos, bosques.

Pero la resolución fue adoptada con torpeza, ignorancia y prepotencia, sin consultas previas y sin prever consecuencias. Además, según la Constitución, es el Parlamento el que debe determinar los impuestos y no el Poder Ejecutivo.

Los huracanes



La imposición del mismo gravamen para productores grandes y pequeños, para quienes producen en tierras buenas y cerca de los puertos, con altos rendimientos, y quienes lo hacen en tierras marginales, unió, detrás de los especuladores del gran capital y de los grandes terratenientes y exportadores, a pequeños productores, arrendatarios y rentistas, que se convirtieron en masa de maniobra política de aquéllos. Detrás de pequeños y grandes capitalistas rurales se alinearon de inmediato las clases medias de los pueblos y a ellas se sumaron la oposición visceralmente racista y antiperonista que grita contra el gobierno" de los negros y los vagos" y la derecha peronista. El kirchnerismo logró así unificar el antisolidarismo y el conservadurismo con la reacción y el racismo. Agregando la soberbia a la torpeza esperó además 90 días de cortes de rutas y desabastecimiento en las ciudades para inventar una motivación para esta justa retención de la ganancia extraordinaria de los soyeros y dejó pasar cien antes de dejar la aprobación de su proyecto al Parlamento, como correspondía desde el primer día. En las Cámaras pagó también el precio de su autoritarismo pues, por no haber sido escuchados, consultados ni convencidos, diputados y senadores peronistas votaron junto con la oposición y por los grandes grupos cerealeros. Para colmo, los radicales y socialistas K, y entre ellos el vicepresidente Cobos, cuando sugirieron modificar la medida para separar a los pequeños productores de monopolistas y desmontar la protesta fueron vapuleados y marginados. En la discusión parlamentaria, naturalmente, se diferenciaron del gobierno y el voto del vicepresidente y presidente del Senado, Julio Cobos, fue decisivo para enterrar no sólo el gravamen sino también la entera política del gobierno. Ahora la derecha está unida, a la ofensiva y encontró el candidato a presidente que le faltaba nada menos que en el vice de Cristina Fernández. El partido transversal también pasó a mejor vida y Kirchner deberá defender su mayoría en el partido peronista. El gobierno está desprestigiado y ha perdido su mayoría absoluta en ambas Cámaras y el Parlamento ha comenzado a funcionar y le exigirá que explique por qué no tomó medidas contra los grandes exportadores que defraudaron más de mil 200 millones de dólares al fisco y robaron a arrendatarios. La economía ha recibido un gran golpe y los subsidios no podrán ser tan cuantiosos como hasta ahora. El barco argentino acaba de entrar sin timonel en un mar agitado y lleno de escollos.

Lo que va de ayer a hoy



La Argentina era un país de muy temprana concentración urbana ya a fines del siglo XIX lo que originó un fuerte y numeroso movimiento obrero industrial y una vasta clase media en las principales ciudades cuando aún la burguesía era muy débil y el eje de las clases dominantes estaba constituido por el capital extranjero y por los terratenientes que controlaban el Estado.
Las clases medias urbanas, descendientes de inmigrantes, exigieron su lugar en el país en disputa con la oligarquía. Eso dio como resultado el voto universal en 1912, la Reforma Universitaria en 1918 y el apoyo urbano a Hipólito Yrigoyen. El movimiento obrero, en cambio, clasista, anarquista y socialista, siguió un camino independiente y el gobierno de las clases medias urbanas y rurales, yrigoyenista, cometió las matanzas de peones en la Patagonia y asesinó a 3000 obreros en la Capìtal durante la Semana Trágica. Ese fue el primer choque entre obreros y un gobierno “progresista” y entre aquéllos y las clases medias.

En 1930, el golpe de la derecha oligárquica y de la derecha antiyrigoyenista de la Unión Cívica Radical fue apoyado por las clases medias urbanas y por el partido de izquierda mayoritario, el socialista, y el resultado fue la Década Infame, el gobierno proimperialista de la oligarquía y del fraude, que las grandes huelgas obreras de 1935-36 conmovieron, preparando el camino, en 1945, al triunfo de Juan Domingo Perón con el apoyo de los sindicatos y de los obreros industriales y rurales pero en contra de la alianza entre el imperialismo estadounidenses, los conservadores, la UCR, los comunistas y los socialistas con el apoyo de las clases medias urbanas. En 1955 la oligarquía, con el apoyo de éstas y del ejército y de la Iglesia, que forman parte de las mismas, derribó a Perón, que huyó sin combatir.

Pero en 1957 el presidente Arturo Frondizi, que había llegado al poder gracias a la dictadura (y con el apoyo del propio Perón) quiso abrir el camino a la privatización del petróleo y conceder la educación pública a la Iglesia: los estudiantes se unieron entonces a los obreros en la oposición a ambas medidas y comenzó un proceso de acercamiento entre aquéllos, mayoritariamente peronistas, que resistían al margen de las órdenes de Perón, exiliado en la España franquista, y la juventud de las clases medias urbanas. Ese acercamiento se hizo alianza en los setenta, cuando muchos hijos de antiperonistas furibundos, radicalizados por la revolución cubana, el 68 y Vietnam, creyendo acercarse a la clase obrera se hicieron peronistas para combatir mejor la dictadura militar prooligárquica, que tuvo que traer a Perón para frenar el proceso de luchas obreras radicales y de guerrillas hasta que preparó el golpe militar.

La dictadura de 1976 encontró a las clases medias divididas entre el sector que, unido a los obreros, resistió y fue masacrado por decenas de miles, y el numeroso sector conservador, antiobrero, racista que toleró la dictadura hasta que ésta cayó sola tras la aventura ingloriosa en las Malvinas. Después de la dictadura el peronismo presentó una fórmula presidencial de derecha incapaz de entusiasmar a los obreros y las clases medias arrastraron a sectores obreros y populares detrás del candidato de la Unión Cívica Radical, el neoliberal Raúl Alfonsín. Este se alió con la derecha peronista y cedió la presidencia a Carlos Menem, el gran privatizador, ladrón y proimperialista, cuya política de derecha contó con el apoyo del aparato peronista y con las esperanzas de la mayoría de las clases medias y de los obreros.

Pero en diciembre del 2001, ante el congelamiento de los depósitos bancarios de los pequeños ahorristas y el derrumbe de la credibilidad en los partidos tradicionales, una parte importante de las clases medias urbanas se opuso a la corrupción al grito de “¡que se vayan todos!” y dio su apoyo a los desocupados con la consigna de “¡piquetes y cacerolas, la lucha es una sola!”. El gobierno de Néstor Kircher, tras varias vicisitudes, fue el resultado de este nuevo acercamiento entre los sectores populares. Sin embargo, la rápida recuperación económica y el alto precio de las materias primas agrícolas transformaron a los ex colonos y arrendatarios en rentistas que alquilan sus campos a grupos financieros que explotan la soya y con sus ganancias extraordinarias compran o construyen casas en las ciudades convirtiéndose en especuladores inmobiliarios y financieros. Y las clases medias urbanas reforzaron su afán de diferenciarse de “los negros”, “los grasas” (los obreros y los desocupados y el subproletariado urbano) que, según ellas, son subsidiados por el gobierno, olvidando el “que se vayan todos” para pensar sólo en su bolsillo. De este modo se formó un bloque entre el capital financiero internacional y nacional, los grandes exportadores de granos, la vieja oligarquía terrateniente, las grandes industrias extranjeras y la mayoría de las clases medias urbanas y rurales.


Este bloque acaba de vencer al gobierno y rechaza los intentos de aplicar una política social redistributiva. Como en 1930, 1945, 1955, 1976, la derecha tiene ahora una base de masas. Las torpezas, el autoritarismo de los medios oficiales, su incapacidad para hacer política aunque han quitado credibilidad al gobierno no son la causa principal de esta evolución que reside en los cambios económicos y sociales internacionales. Ahora o los Kirchner buscan un apoyo social con medidas de fondo e intentan separar sectores importantes de clase media del bloque reaccionario donde éstos militan o la derecha sacará más ventajas de su triunfo en las calles y en el Parlamento, pues ha declarado que no se conforma con “cambiar el collar al perro”, sino que exige que “se cambie el perro”. Es decir, que no le basta con los cambios en el gabinete que ha podido ya imponer, sino que exige la aceptación total de su política neoliberal.

(*)Guillermo Almeyra publicó este artículo en el diario mexicano La Jornada, los días 20 y 27 de julio de 2008

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