Saharauis, los ojos del desierto

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30.7.07

Cuba: Raúl Castro

UN AÑO SIN FIDEL
Por Maurizio Matteuzzi (1)
Un año sin Fidel. Pero con Fidel siempre presente, aun si hoy no es ya –al menos oficialmente— el «comandante en jefe», sino sólo «el periodista en jefe», metido ahora a periodista con sus puntuales «reflexiones» semanales en Granma.
¿Cómo es Cuba un año después del 26 de julio de 2006, cuando el líder máximo cedió el puesto tras la primera de una larga serie de intervenciones quirúrgicas en el intestino que hicieron presumirlo o muerto o definitivamente fuera de escenario?

Fidel fue operado de urgencia por la noche, tras haber presenciado las ceremonias del aniversario del asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 –la derrota que significó el comienzo de la guerra de liberación culminada con la entrada de los barbudos en La Habana el primero de enero de 1959—, y unos días después, el 31 de julio de 2006, delegaba poderes a un reducido grupo de dirigentes encabezados por su hermano, el eterno número dos.
En Miami, de la tradicional cueva anticastrista que es el Café Versalles de la calle 8, partían fragorosos festejos de la comunidad cubana exiliada: por fin ahora, tras tanta falsa alarma, parecía la vencida. También en Washington se preparaban para la «transición», sin recatar sus muchas preocupaciones: ¿cómo reaccionar ante las probables «revueltas populares», y al posible éxodo en masa hacia las costas de Florida?
Analistas, intelectuales, disidentes, todos debatían sobre el dilema «transición» o «sucesión», e
xcluyendo tajantemente un tercer factor: el de la «continuidad». Un año después han tenido que desengañarse, lo mismo en Miami que en Washington o en Europa. Pero tras «un año sin Fidel», Cuba está todavía ahí. Y también Fidel, aunque está claro que, no obstante su extraordinaria recuperación, no volverá a ser el de antes. Pero está todavía ahí.
Ayer(2)por vez primera en 48 años, no estuvo Fidel en la celebración de la kermesse anual del 26 de julio, entre banderas, música y muchedumbres enfervorecidas. En Camagüey, Raúl habló una hora –¡visible cambio en relación con los torrenciales discursos del hermano!—, repitiendo a los EEUU –«cualquiera que sea el próximo grupo de dirigentes»— la oferta de un diálogo «en términos civilizados», pero advirtiendo también que «en caso contrario, nosotros estamos dispuestos a hacer frente a vuestra política hostil otros 50 años más», y sin ahorrar a Washington las obligadas críticas al bloqueo de más
de cuarenta años y a la hipócrita política de visados acordada en el 94 (20 mil al año, pero menos de 10 mil este año: una invitación explícita a la emigración clandestina). Raúl también se ha referido a los problemas internos de Cuba: corrupción, indisciplina laboral, producción de alimentos «lejos de satisfacer nuestras necesidades», apertura a las inversiones extranjeras «sin repetir los errores del pasado».Raul –él es el primero en saberlo— carece del arrastre carismático de su hermano. Pero en el año que lleva como número uno ha logrado dos objetivos, que no pueden dejar de reconocérsele: no se han producido las «revueltas populares» anunciadas (o auspiciadas) como inevitables, ni ha estallado la anunciada (o auspiciada) guerra interna en la cúspide dirigente.
En Cuba, para bien y para mal, poco, si algo, ha cambiado en este año. Bien es verdad que Raúl, fiel al modelo, ha dado algunos pasos, ha emitido algunas señales. La cancelación de las deudas estatales con los agricultores; el aumento de los pagos por la producción agrícola, de lo que depende uno de los puntos negros de la economía cubana: la disponibilidad (y los precios) de los alimentos; el énfasis puesto en la gestión del modelo y en la necesidad de luchar contra la difundida corrupción (y contra el relativo obstruccionismo por parte de algunos dirigentes corruptos); una comisión sobre la propiedad (por vez primera), a fin de estudiar la manera de aumentar la productividad; la liberación vigilada de algunos opositores encarcelados. Algunos pasos y algunas señales. Tímidos –y reprobados por un Washington obstinado en su necia línea extremista—, demasiado tímidos para hacer frente a una situación tan grave como la cubana. Aun contando con el hecho de que el eje político-económico con la Venezuela de Chávez (y con la Bolivia de Evo y la Nicaragua del viejo Daniel Ortega) ha significado un respiro.
Los grandes problemas de Cuba –la casa, los transportes, los salarios de 10-15 dólares al mes, ineluctable nutriente de la corrupción— siguen ahí, irresueltos. No por ello son menos urgentes. Pero Raúl, a quien los medios de comunicación siguen llamando primer «vice» presidente del gobierno y «segundo» secretario del PC, no parece estar en posesión de la fuerza necesaria para resolverlos. Sabe perfectamente que los grandes cambios, suponiendo que quisiera acometerlos (el modelo chino de que se habla), no pueden hacerse sin la aquiescencia de Fidel, y aun menos contra la voluntad de éste. Para bien y para mal. Que vuelva o no a aparecer en público, es irrelevante.
(1)Maurizio Matteuzzi es el editorialista para asuntos internacionales del diario italiano Il Manifesto.
(2) Este artículo fue publicado en Il Manifesto el 27 de Julio

1 comentario:

Anónimo dijo...

Olá Mauricio, gostei do seu assunto sobre o Fidel. Meu nome é Mariza e moro no Brasil. Também estou procurando um velho amigo que mora na Bolonha. Você Conhece??? o nome dele é Padre Julio Matteuzzi. Se conhecer entre em contato comigo. Email Izaschiochet2005@yahoo.com.br
abraços Mariza

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