Saharauis, los ojos del desierto

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11.10.07

Che Guevara

RETRATO DE LA DIGNIDAD SUPREMA

por José Saramago(*)

No importa qué retrato. Uno cualquiera: serio, sonriendo, arma en mano, con Fidel o sin Fidel, diciendo un discurso en las Naciones Unidas, o muerto, con el torso desnudo y ojos entreabiertos, como si del otro lado de la vida todavía quisiera acompañar el rastro del mundo que tuvo que dejar, como si no se resignase a ignorar para siempre los caminos de las infinitas criaturas que estaban por nacer. Sobre cada una de estas imágenes se podría reflexionar profusamente, de un modo lírico o de un modo dramático, con la objetividad prosaica del historiador o simplemente coma quien se dispone a hablar del amigo que descubre haber perdido porque no lo llegó a conocer...

Al Portugal infeliz y amordazado de Salazar y de Caetano llegó un día el retrato clandestino de Ernesto Che Guevara, el más célebre de todos, aquel hecho con manchas fuertes de negro y rojo, que se convirtió en la imagen universal de los sueños revolucionarios del mundo, promesa de victorias a tal punto fértiles que nunca habrían de degenerar en rutinas ni en escepticismos, antes darían lugar a otros muchos triunfos, el del bien sobre el mal, el de lo justo sobre lo inicuo, el de la libertad sobre la Necesidad.

Enmarcado o fijo a la pared por medios precarios, ese retrato estuvo presente en debates políticos apasionados en la tierra portuguesa, exaltó argumentos, atenuó desánimos, arrulló esperanzas. Fue visto como un Cristo que hubiese descendido de la cruz para descrucificar a la humanidad, como un ser dotado de poderes absolutos que fuera capaz de extraer de una piedra con que se mataría toda la sed, y de transformar esa misma agua en el vino con que se bebería el esplendor de la vida.

Y todo esto era cierto porque el retrato de Che Guevara fue, a los ojos de millones de personas, el retrato de la dignidad suprema del ser humano. Pero fue también usado como adorno incongruente en muchas casas de la pequeña y de la media burguesía intelectual portuguesa, para cuyos integrantes las ideologías políticas de afirmación socialista no pasaban de un mero capricho coyuntural, forma supuestamente arriesgada de ocupar ocios mentales, frivolidad mundana que no pudo resistir al primer choque de la realidad, cuando los hechos vinieron a exigir el cumplimiento de las palabras.

Entonces, el retrato del Che Guevara, testimonio, primero, de tantos inflamados anuncios de compromiso y de acción futura, juez, ahora, del miedo encubierto, de la renuncia cobarde o de la traición abierta, fue retirado de las paredes, escondido, en a mejor hipótesis, en el fondo de un armario, o radicalmente destruido, como se quisiera hacer con algo que hubiese sido motivo de vergüenza.

Una de las lecciones políticas más instructivas, en los tiempos de hoy, sería saber lo que piensan de sí mismos esos millares y millares de hombres y mujeres que en todo el mundo tuvieron algún día el retrato de Che Guevara a la cabecera de la cama, o enfrente de la mesa de trabajo, o en la sala donde recibían a los amigos, y que ahora sonríen por haber creído o fingido creer. Algunos dirían que la vida cambió, que Che Guevara, al perder su guerra, nos hizo perder la nuestra, y por tanto era inútil echarse a llorar, como un niño a quien se le ha derramado la leche. Otros confesarían que se dejaron envolver por una moda del tiempo, la misma que hizo crecer barbas y alargar las melenas, como si la revolución fuera una cuestión de peluqueros. Los más honestos reconocerían que el corazón les duele, que sienten en el movimiento perpetuo de un remordimiento, como si su verdadera vida hubiese suspendido el curso y ahora les preguntase, obsesivamente, adonde piensan ir sin ideales ni esperanza, sin una idea de futuro que dé algún sentido al presente.
Che Guevara, si tal se puede decir, ya existía antes de haber nacido, Che Guevara, si tal se puede afirmar, continúa existiendo después de haber muerto. Porque Che Guevara es sólo el otro nombre de lo que hay de más justo y digno en el espíritu humano. Lo que tantas veces vive adormecido dentro de nosotros. Lo que debemos despertar para conocer y conocemos, para agregar el paso humilde de cada uno al camino de todos.
(*)Publicado el 10 de octubre de 2007 por Radio La Primerísima

1 comentario:

pepitorias dijo...

Desde Madrid (España),Carlos Estévez, un lector amigo, nos manda este comentario, que agradecemos:

CAUDILLOS

El nuevo siglo viene acompañado por una intención reiterada de la negación y destrucción de todo lo pasado. Una nueva filosofía que nos habla de la sociedad sitiada o de un mundo líquido sometido a rápidos cambios de rumbo en los que el hombre kantiano, el de la razón, ha de dejar paso al hombre postmoderno, elástico y flexible despojado de todo tipo de creencias.
Frente al ciudadano responsable avanza el consumidor voraz y desinhibido. El primero se ve a menudo relegado social y profesionalmente, acusado de ser un progre transnochado, mientras avanzan de forma trepidante los nuevos jinetes de una sociedad en la que hay que tener muy buena cintura para seguir cabalgando entre el éxito, la riqueza, el poder y la apariencia.
En este nuevo mundo se han roto los límites que marcaban la derecha y la izquierda a favor de las oportunidades de negocio o de la buena marcha de la economía que a menudo se identifica con el bienestar personal. Hasta tal punto que vemos a menudo como confluyen los intereses de la derecha y de la izquierda en aquellos momentos en los que se mezclan intereses y privilegios.
Dentro de esta colonización ideológica aparecen los expertos en legitimación, plumas reputadas, en su tiempo defensoras de las causas perdidas que giran hacia el conservadurismo a medida que sus remuneraciones aumentan. Dentro de este periodismo de mercado, que defiende los intereses del capital internacional, asistimos a la obscena exhibición de un travestismo ideológico que a menudo confunde a los lectores de un medio que en si mismo representa la defensa de valores democráticos. Me refiero al editorial del periódico El País de fecha 10/10/2007 titulado “Caudillo Guevara” en el que se intenta destruir el ejemplo revolucionario del Che desde la prepotencia de la opinión que a veces este diario exhibe en editoriales que pontifican mas que sitúan o informan.
El editorial comienza diciendo que dar la vida por la ideas es un “siniestro perjuicio”. La historia esta afortunadamente poblada de seres ejemplares que han sabido dar su vida por sus ideas sin que jamás lo hayamos visto como algo siniestro sino más bien como digno de admiración y elogio. Y partiendo de esta primera y falsa premisa, el editorialista, un columnista conocido del periódico, habla del sentido trascendente del crimen, tratando la figura del Che como si de Pol Pot se tratara y llegando a afirmar que el Che Guevara pertenece a una siniestra saga de héroes trágicos” que pretenden disimular la condición de asesino bajo la de mártir”. Muy fuerte. Muy injusto. Muy indigno.
Esas y otras lindezas, como por ejemplo la de decir que el Che intento “crear a tiros al hombre nuevo”, abundan en este panfleto insultante e irritante para muchos. Una terrible manera de recordar la muerte de Ernesto Guevara asesinado en una emboscada en Bolivia hace 40 años.
Las reacciones no se hicieron esperar ante tal desatino. El defensor del lector de El País, reconoce que se trata de la mayor protesta que el recuerda. También se han movido de sus asientos los periodistas que a diario hacen el periódico para expresar su disgusto y malestar por este editorial. Ante semejante reacción, unos días después se intenta arreglar el desaguisado y entra en escena un reputado analista político que intenta poner orden en el río revuelto, pero eso si, sin contradecir en ningún momento la línea mantenida por su periódico. Se trata de Joseph Ramoneda, que escribe un artículo de opinión sin desperdicio. Se llama “Sobre el mito del Che”. Y claro, comienza diciendo que en estos tiempos “resulta difícil entender que pudiera llegar a mito popular una figura como la de Ernesto Che Guevara” Es posible que a el le resulte muy difícil entender algo como esto pero ya se sabe que los analistas políticos tienen también sus lagunas. Pero lo más sorprendente es un párrafo que reproduzco completo y entrecomillado en el que va más allá de la revolución castrista o de la propia figura del Che para decir que “La coincidencia en el tiempo de Kennedy, Kruschev, el papa Juan XVIII y la propia revolución castrista, hizo soñar por unos pocos años que todo era posible. Duró poco y, todo hay que decirlo, si llega a durar mucho podía haber terminado perfectamente en una catástrofe universal”
Termina Ramoneda diciendo que debemos “someter al principio de sospecha a todo lo que se erige sobre nuestra cabezas” Y creo que eso es bien cierto. Por eso , nuestra labor hoy, como periodistas es someter a sospecha no solamente a quienes nos señalan a nuestros enemigos, desenmascaran a nuestros mitos o nos advierten de los peligros sino también a aquellos medios de comunicación como el Pais que han convertido a los gobiernos democráticamente elegidos de Hugo Chavez en Venezuela o Evo Morales en Bolivia en blanco de sus iras quizás en razón a intereses cruzados con el grupo Cisneros (Diagonal nº31) o con empresas deseosas de derrocarles.

Editoriales como el de “Caudillo Guevara” o artículos de opinión como “Sobre el mito del Che” lejos de argumentar o desmontar la aureola de mártir que rodea a ciertos revolucionarios a quienes ahora algunos gustan en llamar terroristas, nos lleva a pensar si es cierto aquel dicho falaz de que hay periodistas que tienen la pluma del medio para el que trabajan.

Carlos Estévez

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